Los medios influyen, sí, pero no crean la bronca: la ordenan

La gente no elige qué creer solo por los medios. Elige desde lo que vive. El bolsillo, el trabajo, la inseguridad, la frustración acumulada. Los medios influyen, sí, pero no crean la bronca: la ordenan.

Durante mucho tiempo la familia fue el primer filtro. Ahí se aprendía a escuchar, a discutir, a dudar. Eso se fue debilitando. Hoy muchos forman opinión solos, frente a una pantalla, reafirmados por algoritmos que no contradicen, solo confirman.

En ese clima, la política dejó de ser proyecto y pasó a ser identidad. Ya no se debate qué país queremos, sino quién es el enemigo. Los de Milei creen que todo lo anterior fue corrupción y decadencia. Los de Cristina creen que todo lo que vino después es crueldad y entrega. Cada lado se informa solo con lo que le da la razón.

El país está mal desde hace décadas y, aun así, nunca logró equilibrarse: ni económica, ni social, ni institucionalmente. Va de un extremo al otro, corrigiendo a los golpes, sin tiempo para estabilizar nada. Cada gobierno promete el orden definitivo y deja un nuevo desorden.

La crispación nace de ahí: de crisis repetidas, de promesas incumplidas, de sentir que siempre se empieza de cero. Cuando no hay equilibrio ni horizonte, la bronca busca culpables. Y cuando no hay diálogo, la grieta deja de ser política y se vuelve emocional.

Mientras tanto, la mayoría solo quiere algo mucho más simple: vivir un poco mejor y en paz, en un país que alguna vez logre mantenerse de pie sin romperse cada diez años.

Lo bueno de la vida justamente es vivir, y mientras eso suceda, cada uno, desde su lugar, seguirá intentando crecer, desarrollarse, y cada tanto, pensar que nada es eterno, mucho menos la vida en esta tierra. Eso no quiere decir que por esa razón hay que resignarse a todo, pero al menos, intentar cuidar la salud mental, porque de todos lados tratan de invadirte.

Qué será mejor: sencillo, lo indicarán las estadísticas.