Los extremos —en cualquier tema de la vida— suelen ser peligrosos. Porque en un extremo está el fanatismo, la intolerancia, la imposición. Y en el otro, el rechazo absoluto, la indiferencia o el miedo al cambio. Y quedarse en el medio, sin tomar postura ni esforzarse, a veces se lo confunde con «equilibrio» pero termina siendo tibieza: no comprometerse, no jugarse por nada.
Pero hay una tercera opción, más saludable: no vivir en los extremos ni ser tibio, sino buscar el equilibrio, que no es quedarse a mitad de camino, sino tener la capacidad de ver las cosas con respeto, con buenos modales, con esfuerzo, y animarse a construir desde ahí.
El equilibrio no es falta de decisión, es saber cuándo actuar, cómo actuar y hasta cuándo callar. Es tener convicciones, pero no necesidad de gritarle al otro. Es dialogar, escuchar, proponer, defender una idea con respeto. Porque todo es posible con buenos modales, equilibrio y esfuerzo. Se puede disentir sin agredir, se puede cambiar sin destruir, se puede ganar sin humillar. Y se puede aprender a no criticar la actitud del otro si antes la praticaste vos, con el mismo énfasis y convencimiento, aunque con otro discurso.
Ser equilibrado es tener el carácter suficiente para defender lo propio, pero la humildad necesaria para reconocer cuando otro tiene razón. Y eso, en tiempos de extremos, vale oro.
T.G. @navarronoticiasok

