A lo largo de la historia, militantes y manifestaciones físicas, y hoy en redes sociales, existen y permanecen. Gente convencida, defendiendo ideas o intereses en las calles, en los clubes, en las plazas. Pero hay algo que nunca cambia: el verdadero dueño del rumbo de un país, de una provincia o de un pueblo, es el voto.
Podrá haber gritos, banderas y discursos encendidos, pero cuando llega el momento de poner la boleta en la urna, es ahí donde se escribe la historia.
Hoy, los partidos políticos han perdido consistencia. Ya no importa la filosofía, ni las ideas. Dirigentes que se dicen de izquierda se abrazan con los de derecha dentro de una misma fuerza política, y viceversa, sin pudor ni explicaciones. Y cuando alguien decide tomar otro camino, lo tildan de traidor. Pero… ¿traidor a qué? ¿A una persona, a un dirigente o a una idea?
Porque si realmente hay vocación política, las ideas no deberían traicionarse nunca. No traicionar ideas no es traicionar personas. Es, por el contrario, quedarse a defender con honestidad lo que uno cree mejor para su país, su provincia o su pueblo, por encima de cualquier nombre propio. Y si esa persona ya no representa esas ideas, no debería tener apoyo.
Habrá que revisar entonces. Los líderes de los partidos mayoritarios han llegado al poder siendo de derecha o de izquierda, acompañados muchas veces por militantes que votaron a ciegas, sin pensar en los ideales, sino en el partido. Pero los partidos, al fin de cuentas, no son otra cosa que las personas que los conducen. Y muchas veces, por no traicionar a esas personas, se terminan traicionando las ideas.
Este es un debate que la sociedad se debe. Porque las banderas se respetan cuando representan algo. Si ya no se sabe qué representan, tal vez llegó el momento de dejar de mirar quién está en la foto y empezar a mirar qué dice y qué hace cada uno.
Quienes conducen los partidos deberían, al menos una vez, pensar dejando de lado los intereses personales, en cuál es la manera más noble de defender los ideales. Pero en serio. No de la boca para afuera, como ha sido tantas veces.
Porque la mejor militancia es el voto. Y ese, gracias a Dios, sigue siendo secreto.

